Hacía mucho que no escribía pero el otro día gracias a un gran amigo que me trasmitió ganas e ilusión después de haber leido un relato hecho por él, comenzé mi escritura en una hoja en blanco.
Después de un tiempo, que es lo que todos tenemos pero muy pocos sabemos valorar y aprobechar, salieron estas pocas palabras. Espero que os guste
Después de un tiempo, que es lo que todos tenemos pero muy pocos sabemos valorar y aprobechar, salieron estas pocas palabras. Espero que os guste
Eran
las nueve de la mañana de un cálido día de octubre, dentro de poco las hojas de
los arboles vestirían las calles y los días soleados dejarían paso a días y
noches de oscuridad y sombras.
Salía
del portal número 19 de la calle Huesped con mis levys favoritos y esa camiseta
malva que tanto me favorecía cuando me di cuenta que había olvidado la cartera,
asique subí las escaleras de dos en dos para perder el menor tiempo posible y
las bajé de igual manera. Tengo que decir que cuando abrí la puerta del portal
me golpeó en la cara ese olor a canela y lavanda tan característico de los
lunes.
Todos
los lunes desde que tengo uso de razón se celebra un pequeño mercado al que
acuden floristeros de los al rededores de la ciudad, exhibiendo sus mejores mercancías.
Puedes
encontrar desde tulipanes hasta gladiolos en el puesto del señor Marcel, rosas
amarillas, azules e incluso negras en el de Petra, pero mi txoko favorito es el
de Janire. Una jóven risueña y soñadora que vende cantidad de flores de todos
los colores y variedad, aunque mi favorita sea la lavanda.
Después
de hacer la ruta matutina: ir a por el periódico y comprarle un ramillete de
lavanda, voy a ver al abuelo Felix y como hoy es un día especial, hemos bajado
al gran parque que hay a los pies de la residencia. En ese banco blanco situado
debajo del arce milenario charlamos durante horas hasta que llega la hora del
almuerzo que con un cuidadoso “adiós cariño, gracias por las flores, me
recuerdan tanto a los días en los que estaba con tu abuela en el campo..., gracias” se despide de mi.
Acto
seguido, mis tripas empiezan a suplicar alimento asique me encamino hacia la
mejor chocolatería en la que he entrado hasta el momento. Pequeñita, acogedora
y familiar es la tienda en la que paso 30 minutos bien invertidos del día
aunque hoy serán más. A pesar de que el
día sea cálido nunca viene mal tomarse un chocolate con menta y esas pastas
rellenas de naranja que con tanto amo hace Remedios.
Remedios
es una mujer entrada en años y en carnes que lleva toda la vida al cargo de los
fogones de “El calentito”. Antes de entrar, cierro los ojos e imagino que
nuevos manjares me esperaran tras la puerta giratoria. Un día pueden ser
magdalenas de chocolate y nueces, otro un te con lavanda y miel, los miercoles unas
tortitas bañadas en nata y los viernes la especialidad de la casa. Tal vez
alguno me entendeis cuando digo que es el paraiso para los golosos, y yo, soy
una de ellas, por lo que este sitio desde que lo conocí gracias a Janire se ha
convertido en lugar de referencia para encuentros como amigos como es el caso
de hoy.
Me
siento en la mesa más alejada, la que está a la derecha de las escaleras que
dan a un segundo piso. Son las 12:22 quedan ocho minutos para que llegue. Llevo
un día tan sentimental que se me ha olvidado presentarme. Soy Dulce, una joven
aventurera, familiar y cariñosa que me mudé del campo a la gran ciudad de
Cartés para comenzar mis estudios universitarios. A pesar de que yo daba por hecho
volverme a mi casita azul rodeada de eucaliptos, me embaucaron de tal manera las
callejuelas y la vida que se respiraba aquí que me quedé a vivir.
Las
12:33 suena la campana que está encima de la puerta giratoria y un “buenos
días” resuena en todo el local.
Un
joven de tez blanca, ojos verdes y cabello oscuro se dirige hacia mí y acto
seguido pienso que tal vez sea al chico al que estoy esperando. Me levanto de
la silla echándola hacia atrás y nos presentamos. El se llama Alejandro y nos
conocimos hace tiempo cuando éramos todavía unos niños. Y ahora, después de
mucho tiempo nos volvemos a encontrar, bueno más bien, él me encontró a mí.
Apenas me acordaba de él, pero conectamos enseguida.
Las
manecillas del reloj siguieron pasando ajenas a lo que sucedía en aquella
estancia. Aunque si fue testigo del primer beso que di con sentimiento.
La felicidad se rige por las pequeñas alegrías del día a día
Ya te lo dije: bonita, bonita, bonita.
ResponderEliminar:D
me gusta, que sean muchas mas como esta o incluso mejores.
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