martes, 11 de diciembre de 2012

Todo gira en torno a las manecillas del reloj




 Hacía mucho que no escribía pero el otro día gracias a un gran amigo que me trasmitió ganas e ilusión después de haber leido un relato hecho por él, comenzé mi escritura en una hoja en blanco.
Después de un tiempo, que es lo que todos tenemos pero muy pocos sabemos valorar y aprobechar, salieron estas pocas palabras. Espero que os guste 


Eran las nueve de la mañana de un cálido día de octubre, dentro de poco las hojas de los arboles vestirían las calles y los días soleados dejarían paso a días y noches de oscuridad y sombras.

Salía del portal número 19 de la calle Huesped con mis levys favoritos y esa camiseta malva que tanto me favorecía cuando me di cuenta que había olvidado la cartera, asique subí las escaleras de dos en dos para perder el menor tiempo posible y las bajé de igual manera. Tengo que decir que cuando abrí la puerta del portal me golpeó en la cara ese olor a canela y lavanda tan característico de los lunes.

Todos los lunes desde que tengo uso de razón se celebra un pequeño mercado al que acuden floristeros de los al rededores de la ciudad, exhibiendo sus mejores mercancías.
Puedes encontrar desde tulipanes hasta gladiolos en el puesto del señor Marcel, rosas amarillas, azules e incluso negras en el de Petra, pero mi txoko favorito es el de Janire. Una jóven risueña y soñadora que vende cantidad de flores de todos los colores y variedad, aunque mi favorita sea la lavanda.

Después de hacer la ruta matutina: ir a por el periódico y comprarle un ramillete de lavanda, voy a ver al abuelo Felix y como hoy es un día especial, hemos bajado al gran parque que hay a los pies de la residencia. En ese banco blanco situado debajo del arce milenario charlamos durante horas hasta que llega la hora del almuerzo que con un cuidadoso “adiós cariño, gracias por las flores, me recuerdan tanto a los días en los que estaba con tu abuela en  el campo..., gracias” se despide de mi.
Acto seguido, mis tripas empiezan a suplicar alimento asique me encamino hacia la mejor chocolatería en la que he entrado hasta el momento. Pequeñita, acogedora y familiar es la tienda en la que paso 30 minutos bien invertidos del día aunque hoy serán más.  A pesar de que el día sea cálido nunca viene mal tomarse un chocolate con menta y esas pastas rellenas de naranja que con tanto amo hace Remedios.

Remedios es una mujer entrada en años y en carnes que lleva toda la vida al cargo de los fogones de “El calentito”. Antes de entrar, cierro los ojos e imagino que nuevos manjares me esperaran tras la puerta giratoria. Un día pueden ser magdalenas de chocolate y nueces, otro un te con lavanda y miel, los miercoles unas tortitas bañadas en nata y los viernes la especialidad de la casa. Tal vez alguno me entendeis cuando digo que es el paraiso para los golosos, y yo, soy una de ellas, por lo que este sitio desde que lo conocí gracias a Janire se ha convertido en lugar de referencia para encuentros como amigos como es el caso de hoy.


Me siento en la mesa más alejada, la que está a la derecha de las escaleras que dan a un segundo piso. Son las 12:22 quedan ocho minutos para que llegue. Llevo un día tan sentimental que se me ha olvidado presentarme. Soy Dulce, una joven aventurera, familiar y cariñosa que me mudé del campo a la gran ciudad de Cartés para comenzar mis estudios universitarios. A pesar de que yo daba por hecho volverme a mi casita azul rodeada de eucaliptos, me embaucaron de tal manera las callejuelas y la vida que se respiraba aquí que me quedé a vivir.

Las 12:33 suena la campana que está encima de la puerta giratoria y un “buenos días” resuena en todo el local.
Un joven de tez blanca, ojos verdes y cabello oscuro se dirige hacia mí y acto seguido pienso que tal vez sea al chico al que estoy esperando. Me levanto de la silla echándola hacia atrás y nos presentamos. El se llama Alejandro y nos conocimos hace tiempo cuando éramos todavía unos niños. Y ahora, después de mucho tiempo nos volvemos a encontrar, bueno más bien, él me encontró a mí. Apenas me acordaba de él, pero conectamos enseguida.

Las manecillas del reloj siguieron pasando ajenas a lo que sucedía en aquella estancia. Aunque si fue testigo del primer beso que di con sentimiento. 




                                                               La felicidad se rige por las pequeñas alegrías del día a día

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